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El sueño de una noche de verano

24-07-2007


Los albaceteños eureKa teatro, antes Cómicos, clausuraron el Festival de Almagro con el estreno de "La Verdad Sospechosa", muy aplaudida por el público.

Fuente: La Verdad de Albacete, 24 de julio de 2007

Veía a Jeromo G. del Valle sudando en el escenario y me imaginaba lo que tenía que estar ocurriendo en su cabeza en ese momento, ante el patio de sillas de Almagro, bajo la luna creciente, escuchando los aplausos de una concurrencia que abarrotaba el Corral. Porque Jeromo es un apasionado del teatro, un mitómano del teatro que ha compartido escenario con Fernán Gómez, aunque fuera de figurón, y te cuenta las veces que quieras cómo interpretaba ese actor hasta con el vello de los brazos erizado al arrodillarse ante el rey en Fuenteovejuna. Así debía de sentirse él mismo en Almagro, porque para los actores actuar en Almagro es como para los futbolistas jugar la copa de Europa. Y clausurando, encima.

Por supuesto, no estaba solo; el teatro es trabajo de equipo. Jeromo hacía un pequeño papel, el del viejo don Beltrán. Con él estaban Laura Torregrosa, con la que ha compartido tantos escenarios, y otros cinco compañeros.

Internacionalización

Lo cierto es que la compañía Eureka, antes Cómicos, se ha ido internacionalizando, aunque siga radicada en Albacete. Se ha hecho cosmopolita para bien. Que la organización del Festival de Almagro les haya encargado un estreno es una prueba concluyente del prestigio adquirido, y que los programe los últimos tres días, en el momento de la guinda, cuando el público entendido guarda en su memoria tantas actuaciones recientes y tiene puesto el listón y las referencias, es una demostración de confianza. No hay miedo. El grupo sobre el escenario funciona como un reloj bien engrasado, aunque sólo haya hecho pruebas ante amigos para no incumplir el contrato de estrenar. Es sabido que los montajes teatrales van creciendo a medida que los actores se ajustan en sus papeles, hay un periodo de la gira en el que mejoran hasta consolidarse. Claudio Hochman ha conseguido que La verdad sospechosa funcione desde el primer día, y así se lo ha reconocido el público de Almagro en sus tres actuaciones.

Un reto

La obra escogida es un reto. La más conocida de Juan Ruiz de Alarcón (1581-1639), un mexicano que se vino a la corte de Castilla a ganarse la vida como dramaturgo y que lo consiguió, a pesar de su joroba y su cojera que le granjearon mil burlas. Sardo Irisarri compone un homenaje delicioso al autor, entre los cuatro papeles que borda, a cual más diferente, un espectáculo dentro del espectáculo. Pero el texto del siglo de Oro es un reto porque resulta complejo para oídos del siglo XXI. Está lleno de monólogos y de divagaciones obligadas por la rima. Existen varios caminos para favorecer la digestión de un texto así: recortarlo, naturalizar su pronunciación y traducirlo en acciones.

Eureka emplea los tres en este espectáculo. Han reducido casi a la mitad el original de Ruiz de Alarcón, Juanma Navas ha trabajado el verso hasta domesticarlo en las voces de los actores y hay muchos momentos del montaje en los que lo de menos es lo que digan los personajes porque el público está pendiente y prendado con lo que hacen.

Pero por si aún faltara algo, Hochman ha utilizado un cuarto recurso que domina a la perfección este director argentino afincado en Portugal: introducir contrapuntos escénicos; de pronto los focos oscurecen el escenario e iluminan los camerinos que lo rodean y que están a la vista, para que el espectador conozca lo que pasa entre bastidores. Son brevísimos flashes que aligeran el texto de su lastre sin romper el hilo de la trama, incluso intensificándolo.

Escenografía

Así, en la sencilla escenografía de Marcelo López, la obra clásica transcurre sobre un estrecho tarimón de madera, en tanto que alrededor los actores se mueven, se desvisten, intercambian chanzas y hasta se aman a la vista del público. Y hay que ver el partido que puede sacársele a un tarimón de reducidas dimensiones si se consigue que todo el reparto, además de actuar, se mueva al unísono, en una coreografía de gestos medidos, turnándose en la embocadura del escenario para dejar solo al personaje que interpreta un aparte ante el público. Y encima sazonan el juego alternando los acentos españoles con el porteño de Don García y el mexicano del autor (Irisarri).

El público empezó frío, le costó romper a reír, pero cuando se desataron, salpicaban con risas su complicidad con los actores.

Hasta el final, cuando aplaudieron para reclamar que volvieran a saludar. Se cerraba con ellos la edición del Festival, en el escenario sagrado, con una obra clásica recreada a la manera más moderna, respetando sus canas pero haciéndola digestiva para los públicos de nuestro tiempo.

Y allí estaban saludando, abrazado a sus colegas de repertorio, el amigo Jeromo y la amiga Laura, en la copa de Europa de su faena, con el vello erizado. Qué envidia.


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